UN
MUNDO FELIZ
Aldous
Huxley
Título
original: A brave new world
Traducción: Ramón Hernández
©
1931 by Aldous Huxley
© 1970 Hyspamérica ediciones
Corrientes 1434 7º - Buenos
Aires
ISBN: 84-7634-094-X
Digitalización: Utopía
Revisión y edición: Sadrac
CAPITULO I
Un edificio
gris, achaparrado, de sólo treinta y cuatro plantas. Encima de la entrada
principal las palabras: Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central
de Londres, y, en un escudo, la divisa del Estado Mundial: Comunidad, Identidad,
Estabilidad.
La enorme sala
de la planta baja se hallaba orientada hacia el Norte. Fría a pesar del verano
que reinaba en el exterior y del calor tropical de la sala, una luz cruda y
pálida brillaba a través de las ventanas buscando ávidamente alguna figura
yacente amortajada, alguna pálida forma de académica carne de gallina, sin
encontrar más que el cristal, el níquel y la brillante porcelana de un
laboratorio. La invernada respondía a la invernada. Las batas de los
trabajadores eran blancas, y éstos llevaban las manos embutidas en guantes de
goma de un color pálido, como de cadáver. La luz era helada, muerta, fantasmal.
Sólo de los amarillos tambores de los microscopios lograba arrancar cierta
calidad de vida, deslizándose a lo largo de los tubos y formando una dilatada
procesión de trazos luminosos que seguían la larga perspectiva de las mesas de
trabajo.
- Y ésta - dijo
el director, abriendo la puerta - es la Sala de Fecundación.
Inclinados
sobre sus instrumentos, trescientos Fecundadores se hallaban entregados a su
trabajo, cuando el director de Incubación y Condicionamiento entró en la sala,
sumidos en un absoluto silencio, sólo interrumpido por el distraído canturreo o
silboteo solitario de quien se halla concentrado y abstraído en su labor. Un
grupo de estudiantes recién ingresados, muy jóvenes, rubicundos e imberbes,
seguía con excitación, casi abyectamente, al director, pisándole los talones.
Cada uno de ellos llevaba un bloc de notas en el cual, cada vez que el gran
hombre hablaba, garrapateaba desesperadamente. Directamente de labios de la
ciencia personificada. Era un raro privilegio. El D.I.C. de la central de
Londres tenía siempre un gran interés en acompañar personalmente a los nuevos
alumnos a visitar los diversos departamentos.
- Sólo para
darles una idea general - les explicaba.
Porque, desde
luego, alguna especie de idea general debían tener si habían de llevar a cabo
su tarea inteligentemente; pero no demasiado grande si habían de ser buenos y
felices miembros de la sociedad, a ser posible. Porque los detalles, como todos
sabemos, conducen a la virtud y la felicidad, en tanto que las generalidades
son intelectualmente males necesarios. No son los filósofos sino los que se
dedican a la marquetería y los coleccionistas de sellos los que constituyen la
columna vertebral de la sociedad.
- Mañana -
añadió, sonriéndoles con campechanía un tanto amenazadora - empezarán ustedes a
trabajar en serio. Y entonces no tendrán tiempo para generalidades. Mientras
tanto...
Mientras tanto,
era un privilegio. Directamente de los labios de la ciencia personificada al
bloc de notas. Los muchachos garrapateaban como locos.
Alto y más bien
delgado, muy erguido, el director se adentro por la sala. Tenía el mentón largo
y saliente, y dientes más bien prominentes, apenas cubiertos, cuando no
hablaba, por sus labios regordetes, de curvas floradas. ¿Viejo? ¿Joven?
¿Treinta? ¿Cincuenta? ¿Cincuenta y cinco? Hubiese sido difícil decirlo. En todo
caso la cuestión no llegaba siquiera a plantearse; en aquel año de estabilidad,
el 632 después de Ford, a nadie se le hubiese ocurrido preguntarlo.
- Empezaré por
el principio - dijo el director.
Y los más
celosos estudiantes anotaron la intención de director en sus blocs de notas:
Empieza por el principio.
- Esto - siguió
el director, con un movimiento de la mano - son las incubadoras. - Y abriendo
una puerta aislante les enseñó hileras y más hileras de tubos de ensayo
numerados -. La provisión semanal de óvulos - explicó -. Conservados a la
temperatura de la sangre; en tanto que los gametos masculinos - y al decir esto
abrió otra puerta - deben ser conservados a treinta y cinco grados de
temperatura en lugar de treinta y siete.
La temperatura
de la sangre esteriliza.
Los moruecos
envueltos en termógeno no engendran corderillos.
Sin dejar de
apoyarse en las incubadoras, el director ofreció a los nuevos alumnos, mientras
los lápices corrían ilegiblemente por las páginas, una breve descripción del
moderno proceso de fecundación. Primero habló, naturalmente, de sus
prolegómenos quirúrgicos, la operación voluntariamente sufrida para el bien de
la Sociedad, aparte el hecho de que entraña una prima equivalente al salario de
seis meses; prosiguió con unas notas sobre la técnica de conservación de los
ovarios extirpados de forma que se conserven en vida y se desarrollen
activamente; pasó a hacer algunas consideraciones sobre la temperatura,
salinidad y viscosidad óptimas; prendidos y maduros; y, acompañando a sus
alumnos a las mesas de trabajo, les enseñó en la práctica cómo se retiraba
aquel licor de los tubos de ensayo; cómo se vertía, gota a gota, sobre placas
de microscopio especialmente caldeadas; cómo los óvulos que contenía eran
inspeccionados en busca de posibles anormalidades, contados y trasladados a un
recipiente poroso; cómo (y para ello los llevó al sitio donde se realizaba la
operación) este recipiente era sumergido en un caldo caliente que contenía
espermatozoos en libertad, a una concentración mínima de cien mil por
centímetro cúbico, como hizo constar con insistencia; y cómo, al cabo de diez
minutos, el recipiente era extraído del caldo y su contenido volvía a ser
examinado; cómo, si algunos de los óvulos seguían sin fertilizar, era sumergido
de nuevo, y, en caso necesario, una tercera vez; cómo los óvulos fecundados volvían
a las incubadoras, donde los Alfas y los Betas permanecían hasta que eran
definitivamente embotellados, en tanto que los Gammas, Deltas y Epsilones eran
retirados al cabo de sólo treinta y seis horas, para ser sometidos al método de
Bokanovsky.
- El método de
Bokanovsky - repitió el director.
Y los
estudiantes subrayaron estas palabras.
Un óvulo, un
embrión, un adulto: la normalidad. Pero un óvulo boklanovskificado prolifera,
se subdivide. De ocho a noventa y seis brotes, y cada brote llegará a formar un
embrión perfectamente constituido y cada embrión se convertirá en un adulto
normal. Una producción de noventa y seis seres humanos donde antes sólo se
conseguía uno. Progreso.
- En esencia -
concluyó el D.I.C. -, la bokanovskiflcación consiste en una serie de paros del
desarrollo. Controlamos el crecimiento normal, y paradójicamente, el óvulo
reacciona echando brotes.
Reacciona
echando brotes. Los lápices corrían.
El director
señaló a un lado. En una ancha cinta que se movía con gran lentitud, un
portatubos enteramente cargado se introducía en una vasta caja de metal, de
cuyo extremo emergía otro portatubos igualmente repleto. El mecanismo producía
un débil zumbido. El director explicó que los tubos de ensayo tardaban ocho
minutos en atravesar aquella cámara metálica. Ocho minutos de rayos X era lo
máximo que los óvulos podían soportar. Unos pocos morían; de los restantes, los
menos aptos se dividían en dos; después a las incubadoras, donde los nuevos
brotes empezaban a desarrollarse; luego, al cabo de dos días, se les sometía a
un proceso de congelación y se detenía su crecimiento. Dos, cuatro, ocho, los
brotes, a su vez, echaban nuevos brotes; después se les administraba una dosis
casi letal de alcohol; como consecuencia de ello, volvían a subdividirse - brotes
de brotes de brotes - y después se les dejaba desarrollar en paz, puesto que
una nueva detención en su crecimiento solía resultar fatal. Pero, a aquellas
alturas, el óvulo original se había convertido en un número de embriones que
oscilaba entre ocho y noventa y seis, un prodigioso adelanto, hay que
reconocerlo, con respecto a la Naturaleza. Mellizos idénticos, pero no en
ridículas parejas, o de tres en tres, como en los viejos tiempos vivíparos,
cuando un óvulo se escindía de vez en cuando, accidentalmente; mellizos por
docenas, por veintenas a un tiempo.
- Veintenas -
repitió el director; y abrió los brazos como distribuyendo generosas dádivas -.
Veintenas.
Pero uno de los
estudiantes fue lo bastante estúpido para preguntar en qué consistía la ventaja,
- ¡Pero, hijo
mío! - exclamó el director, volviéndose bruscamente hacia él -. ¿De veras no lo
comprende? ¿No puede comprenderlo? - Levantó una mano, con expresión solemne -.
El Método Bokanovsky es uno de los mayores instrumentos de la estabilidad social.
Uno de los
mayores instrumentos de la estabilidad social.
Hombres y
mujeres estandardizados, en grupos uniformes. Todo el personal de una fábrica
podía ser el producto de un solo óvulo bokanovskificado.
- ¡Noventa y
seis mellizos trabajando en noventa y seis máquinas idénticas! - La voz del
director casi temblaba de entusiasmo -. Sabemos muy bien adónde vamos. Por
primera vez en la historia. - Citó la divisa planetaria -: Comunidad,
Identidad, Estabilidad. - Grandes palabras -. Si pudiéramos bokanovskificar
indefinidamente, el problema estaría resuelto.
Resuelto por
Gammas en serie, Deltas invariables, Epsilones uniformes. Millones de mellizos
idénticos. El principio de la producción en masa aplicado, por fin, a la
biología.
- Pero, por
desgracia - añadió el director -, no podemos bokanovskificar indefinidamente.
Al parecer,
noventa y seis era el límite, y setenta y dos un buen promedio. Lo más que
podían hacer, a falta de poder realizar aquel ideal, era manufacturar tantos
grupos de mellizos idénticos como fuese posible a partir del mismo ovario y con
gametos del mismo macho. Y aun esto era difícil.
- Porque, por
vías naturales, se necesitan treinta años para que doscientos óvulos alcancen
la madurez. Pero nuestra tarea consiste en establecer la población en este
momento, aquí y ahora. ¿De qué nos serviría producir mellizos con cuentagotas a
lo largo de un cuarto de siglo?
Evidentemente,
de nada. Pero la técnica de Podsnap había acelerado inmensamente el proceso de
la maduración. Ahora cabía tener la seguridad de conseguir como mínimo ciento
cincuenta óvulos maduros en dos años. Fecundación y bokanovskiflcación - es
decir, multiplicación por setenta y dos -, aseguraban una producción media de
casi once mil hermanos y hermanas en ciento cincuenta grupos de mellizos
idénticos; y todo ello en el plazo de dos años.
- Y, en casos
excepcionales, podemos lograr que un solo ovario produzca más de quince mil
individuos adultos.
Volviéndose
hacia un joven rubio y coloradote que en aquel momento pasaba por allá, lo llamó:
- Mr. Foster.
¿Puede decimos cuál es la marca de un solo ovario, Mr. Foster?
- Dieciséis mil
doce en este Centro - contestó Mr. Foster sin vacilar. Hablaba con gran
rapidez, tenía unos ojos azules muy vivos, y era evidente que le producía un
intenso placer citar cifras -. Dieciséis mil doce, en ciento ochenta y nueve
grupos de mellizos idénticos. Pero, desde luego, se ha conseguido mucho más -
prosiguió atropelladamente - en algunos centros tropicales. Singapur ha
producido a menudo más de dieciséis mil quinientos; y Mombasa ha alcanzado la
marca de los diecisiete mil. Claro que tienen muchas ventajas sobre nosotros.
¡Deberían ustedes ver cómo reacciona un ovario de negra a la pituitaria! Es
algo asombroso, cuando uno está acostumbrado a trabajar con material europeo.
Sin embargo - agregó, riendo (aunque en sus ojos brillaba el fulgor del combate
y avanzaba la barbilla retadoramente) -, sin embargo, nos proponemos batirles,
si podemos. Actualmente estoy trabajando en un maravilloso ovario Delta-Menos.
Sólo cuenta dieciocho meses de antigüedad. Ya ha producido doce mil setecientos
hijos, decantados o en embrión. Y sigue fuerte. Todavía les ganaremos.
- ¡Éste es el
espíritu que me gusta! - exclamó el director; y dio unas palmadas en el hombro
de Mr. Foster -. Venga con nosotros y permita a estos muchachos gozar de los
beneficios de sus conocimientos de experto.
Mr. Foster
sonrió modestamente.
- Con mucho
gusto - dijo.
Y siguieron la
visita. En la Sala de Envasado reinaba una animación armoniosa y una actividad
ordenada. Trozos de peritoneo de cerda, cortados ya a la medida adecuada,
subían disparados en pequeños ascensores, procedentes del Almacén de órganos de
los sótanos. Un zumbido, después un chasquido, y las puertas del ascensor se
abrían de golpe; el Forrador de Envases sólo tenía que alargar la mano, coger
el trozo, introducirlo en el frasco, alisarlo, y antes de que el envase
debidamente forrado por el interior se hallara fuera de su alcance,
transportado por la cinta sin fin, un zumbido, un chasquido, y otro trozo de
peritoneo era disparado desde las profundidades, a punto para ser deslizado en
el interior de otro frasco, el siguiente de aquella lenta procesión que la
cinta transportaba.
Después de los
Forradores había los Matriculadores. La procesión avanzaba; uno a uno, los
óvulos pasaban de sus tubos de ensayo a unos recipientes más grandes;
diestramente, el forro de peritoneo era cortado, la morula situada en su lugar,
vertida la solución salina... y ya el frasco había pasado y les llegaba la vez
a los etiquetadores. Herencia, fecha de fertilización, grupo de Bokanovsky al
que pertenecía, todos estos detalles pasaban del tubo de ensayo al frasco. Sin
anonimato ya, con sus nombres a través de una abertura de la pared, hacia la
Sala de Predestinación Social.
- Ochenta y
ocho metros cúbicos de fichas - dijo Mr. Foster, satisfecho, al entrar.
- Que contienen
toda la información de interés - agregó el director.
- Puestas al
día todas las mañanas.
- Y coordinadas
todas las tardes.
- En las cuales
se basan los cálculos.
- Tantos
individuos, de tal y tal calidad - dijo Mr. Foster.
- Distribuidos
en tales y tales cantidades.
- El óptimo
porcentaje de Decantación en cualquier momento dado.
- Permitiendo
compensar rápidamente las pérdidas imprevistas.
- Rápidamente -
repitió Mr. Foster -. ¡Si supieran ustedes la cantidad de horas extras que tuve
que emplear después del último terremoto en el Japón!
Rió de buena
gana y movió la cabeza.
- Los
Predestinadores envían sus datos a los Fecundadores.
- Quienes les
facilitan los embriones que solicitan.
- Y los frascos
pasan aquí para ser predestinados concretamente.
- Después de lo
cual vuelven a ser enviados al Almacén de Embriones.
- Adonde vamos
a pasar ahora mismo.
Y, abriendo una
puerta, Mr. Foster inició la marcha hacia una escalera que descendía al sótano.
La temperatura
seguía siendo tropical. El grupo penetró en un ambiente iluminado con una luz
crepuscular. Dos puertas y un pasadizo con un doble recodo aseguraban al sótano
contra toda posible infiltración de la luz.
- Los embriones
son como la película fotográfica - dijo Mr. Foster, jocosamente, al tiempo que
empujaba la segunda puerta -. Sólo soportan la luz roja.
Y, en efecto,
la bochornosa oscuridad en medio de la cual los estudiantes le seguían ahora
era visible y escarlata como la oscuridad que se divisa con los ojos cerrados
en plena tarde veraniega. Los voluminosos estantes laterales, con sus hileras
interminables de botellas, brillaban como cuajados de rubíes, y entre los
rubíes se movían los espectros rojos de mujeres y hombres con los ojos
purpúreos y todos los síntomas del lupus. El zumbido de la maquinaria llenaba
débilmente los aires.
- Déles unas
cuantas cifras, Mr. Foster - dijo el director, que estaba cansado de hablar.
A Mr. Foster le
encantó darles unas cuantas cifras.
Doscientos
veinte metros de longitud, doscientos de anchura y diez de altura. Señaló hacia
arriba. Como gallinitas bebiendo agua, los estudiantes levantaron los ojos
hacia el elevado techo.
Tres grupos de
estantes: a nivel del suelo, primera galería y segunda galería.
La telaraña
metálica de las galerías se perdía a lo lejos, en todas direcciones, en la
oscuridad. Cerca de ellas, tres fantasmas rojos se hallaban muy atareados
descargando damajuanas de una escalera móvil.
La escalera que
procedía de la Sala de Predestinación Social.
Cada frasco
podía ser colocado en uno de los quince estantes, cada uno de los cuales,
aunque a simple vista no se notaba, era un tren que viajaba a razón de
trescientos treinta y tres milímetros por hora. Doscientos sesenta y siete
días, a ocho metros diarios. Dos mil ciento treinta y seis metros en total. Una
vuelta al sótano a nivel del suelo, otra en la primera galería, media en la
segunda, y, la mañana del día doscientos sesenta y siete, luz de día en la Sala
de Decantación. La llamada existencia independiente.
- Pero en el
intervalo - concluyó Mr. Foster - nos las hemos arreglado para hacer un montón
de cosas con ellos. Ya lo creo, un montón de cosas.
- Éste es el
espíritu que me gusta - volvió a decir el director -. Demos una vueltecita.
Cuénteselo usted todo, Mr. Foster.
Y Mr. Foster se
lo contó todo.
Les habló del
embrión que se desarrollaba en su lecho de peritoneo. Les dio a probar el rico
sucedáneo de la sangre con que se alimentaba. Les explicó por qué había de
estimularlo con placentina y tiroxina. Les habló del extracto de corpus luteum.
Les enseñó las mangueras por medio de las cuales dicho extracto era inyectado
automáticamente cada doce metros, desde cero hasta 2.040. Habló de las dosis
gradualmente crecientes de pituitaria administradas durante los noventa y seis
metros últimos del recorrido. Describió la circulación materna artificial
instalada en cada frasco, en el metro ciento doce, les enseñó el depósito de
sucedáneo de la sangre, la bomba centrífuga que mantenía al líquido en
movimiento por toda la placenta y lo hacía pasar a través del pulmón sintético
y el filtro de los desperdicios. Se refirió a la molesta tendencia del embrión
a la anemia, a las dosis masivas de extracto de estómago de cerdo y de hígado
de potro fetal que, en consecuencia, había que administrar.
Les enseñó el
sencillo mecanismo por medio del cual, durante los dos últimos metros de cada
ocho, todos los embriones eran sacudidos simultáneamente para que se
acostumbraran al movimiento. Aludió a la gravedad del llamado trauma de la
decantación y enumeró las precauciones que se tomaban para reducir al mínimo,
mediante el adecuado entrenamiento del embrión envasado, tan peligroso shock.
Les habló de las pruebas de sexo llevadas a cabo en los alrededores del metro
doscientos. Explicó el sistema de etiquetaje: una T para los varones, un
círculo para las hembras, y un signo de interrogación negro sobre fondo blanco
para los destinados a hermafroditas.
- Porque, desde
luego - dijo Mr. Foster -, en la gran mayoría de los casos la fecundidad no es
más que un estorbo. Un solo ovario fértil de cada mil doscientos bastaría para
nuestros propósitos. Pero queremos poder elegir a placer. Y, desde luego,
conviene siempre dejar un buen margen de seguridad. Por esto permitimos que
hasta un treinta por ciento de embriones hembra se desarrollen normalmente. A
los demás les administramos una dosis de hormona sexual femenina cada
veinticuatro metros durante lo que les queda de trayecto. Resultado: son decantados
como hermafroditas, completamente normales en su estructura, excepto - tuvo que
reconocer - que tienen una ligera tendencia a echar barba, pero estériles. Con
una esterilidad garantizada. Lo cual nos conduce por fin - prosiguió Mr. Foster
- fuera del reino de la mera imitación servil de la Naturaleza para pasar al
mundo mucho más interesante de la invención humana.
Se frotó las
manos. Porque, desde luego, ellos no se limitaban meramente a incubar
embriones; cualquier vaca podría hacerlo.
- También predestinamos
y condicionamos. Decantamos nuestros críos como seres humanos socializados,
como Alfas o Epsilones, como futuros poceros o futuros... - Iba a decir futuros
Interventores Mundiales, pero rectificando a tiempo, dijo - ...futuros
Directores de Incubadoras.
El director
agradeció el cumplido con una sonrisa.
Pasaban en
aquel momento por el metro 320 del Estante nº 11. Un joven Beta-Menos, un
mecánico, estaba atareado con un destornillador y una llave inglesa, trabajando
en la bomba de sucedáneo de la sangre de una botella que pasaba. Cuando dio
vuelta a las tuercas, el zumbido del motor eléctrico se hizo un poco más grave.
Bajó más aún, y un poco más, otra vuelta a la llave inglesa, una mirada al
contador de revoluciones, y terminó su tarea. El hombre retrocedió dos pasos en
la hilera e inició el mismo proceso en la bomba del frasco siguiente.
- Está
reduciendo el número de revoluciones por minuto - explicó Mr. Foster -. El
sucedáneo circula más despacio; por consiguiente, pasa por el pulmón a intervalos
más largos; por tanto, aporta menos oxígeno al embrión. No hay nada como la
escasez de oxígeno para mantener a un embrión por debajo de lo normal.
Y volvió a
frotarse las manos.
- ¿Y para qué
quieren mantener a un embrión por debajo de lo normal? - preguntó un estudiante
ingenuo.
- ¡Estúpido! -
exclamó el director, rompiendo un largo silencio -. ¿No se le ha ocurrido
pensar que un embrión de Epsilon debe tener un ambiente Epsilon y una herencia
Epsilon también?
Evidentemente,
no se le había ocurrido. Quedó abochornado.
- Cuanto más
baja es la casta - dijo Mr. Foster -, menos debe escasear el oxígeno. El primer
órgano afectado es el cerebro. Después el esqueleto. Al setenta por ciento del
oxígeno normal se consiguen enanos. A menos del setenta, monstruos sin ojos.
Que no sirven para nada - concluyó Mr. Foster. - En cambio (y su voz adquirió
un tono confidencial y excitado), si lograran descubrir una técnica para
abreviar el período de maduración, ¡qué gran triunfo, qué gran beneficio para
la sociedad!
» Piensen en el
caballo - dijo.
Los alumnos
pensaron en el caballo.
El caballo
alcanza la madurez a los seis años; el elefante, a los diez. En tanto que el
hombre, a los trece años aún no está sexualmente maduro, y sólo a los veinte
alcanza el pleno conocimiento. De ahí la inteligencia humana, fruto de este
desarrollo retardado.
- Pero en los
Epsilones - dijo Mr. Foster, muy acertadamente - no necesitamos inteligencia
humana.
No la
necesitaban, y no la fabricaban. Pero, aunque la mente de un Epsilon alcanzaba la
madurez a los diez años, el cuerpo del Epsilon no era apto para el trabajo
hasta los dieciocho. Largos años de inmadurez superflua y perdida. Si el
desarrollo físico pudiera acelerarse hasta que fuera tan rápido, digamos, como
el de una vaca, ¡qué enorme ahorro para la comunidad!
- ¡Enorme! -
murmuraron los estudiantes.
El entusiasmo
de Mr. Foster era contagioso.
Después se puso
más técnico; habló de una coordinación endocrina anormal que era la causa de
que los hombres crecieran tan lentamente, y sostuvo que esta anormalidad se
debía a una mutación germinal. ¿Cabía destruir los efectos de esta mutación
germinal? ¿Cabía devolver al individuo Epsilon, mediante una técnica adecuada,
a la normalidad de los perros y de las vacas? Este era el problema.
Pilkinton, en
Mombasa, había producido individuos sexualmente maduros a los cuatro años y
completamente crecidos a los seis y medio. Un triunfo científico. Pero
socialmente inútil. Los hombres y las mujeres de seis años eran demasiado
estúpidos, incluso para realizar el trabajo de un Epsilon.
Y el método era
de los del tipo todo o nada; o no se lograba modificación alguna, o tal
modificación era en todos los sentidos. Todavía estaban luchando por encontrar
el compromiso ideal entre adultos de veinte años y adultos de seis. Y hasta
entonces sin éxito.
Su ronda a
través de la luz crepuscular escarlata les había llevado a las proximidades del
metro 170 del Estante 9. A partir de aquel punto, el Estante 9 estaba cerrado,
y los frascos realizaban el resto de su viaje en el interior de una especie de
túnel, interrumpido de vez en cuando por unas aberturas de dos o tres metros de
anchura.
-
Condicionamiento con respecto al calor - explicó Mr. Foster.
Túneles
calientes alternaban con túneles fríos. El frío se aliaba a la incomodidad en
la forma de intensos rayos X. En el momento de su decantación, los embriones
sentían horror por el frío. Estaban predestinados a emigrar a los trópicos, a
ser mineros, tejedores de seda al acetato o metalúrgicos. Más adelante,
enseñarían a sus mentes a apoyar el criterio de su cuerpo.
- Nosotros los
condicionamos de modo que tiendan hacia el calor - concluyo Mr. Foster -. Y
nuestros colegas de arriba les enseñarán a amarlo.
- Y éste -
intervino el director sentenciosamente -, éste es el secreto de la felicidad y
la virtud: amar lo que uno tiene que hacer. Todo condicionamiento tiende a
esto: a lograr que la gente ame su inevitable destino social.
En un boquete
entre dos túneles, una enfermera introducía una jeringa larga y fina en el
contenido gelatinoso de un frasco que pasaba. Los estudiantes y sus guías
permanecieron observándola unos momentos.
- Muy bien,
Lenina - dijo Mr. Foster cuando, al fin, la joven retiró la jeringa y se
incorporó.
La muchacha se
volvió, sobresaltada. A pesar del lapsus y de los ojos de púrpura, se advertía
que era excepcionalmente hermosa.
Su sonrisa,
roja también, voló hacia él, en una hilera de rojos dientes.
- Encantadora,
encantadora - murmuró el director.
Y, dándole una
o dos palmaditas, recibió en correspondencia una sonrisa deferente, a él
destinada.
- ¿Qué les da?
- preguntó Mr. Foster, procurando adoptar un tono estrictamente profesional.
- Lo de
siempre: el tifus y la enfermedad del sueño.
- Los
trabajadores del trópico empiezan a ser inoculados en el metro 150 - explicó
Mr. Foster a los estudiantes -. Los embriones todavía tienen agallas.
Inmunizamos al pez contra las enfermedades del hombre futuro. - Luego,
volviéndose a Lenina, añadió -: A las cinco menos diez, en el tejado, esta
tarde, como de costumbre.
- Encantadora -
dijo el director una vez más.
Y, con otra
palmadita, se alejó en pos de los otros.
En el estante
número 10, hileras de la próxima generación de obreros químicos eran sometidos
a un tratamiento para acostumbrarlos a tolerar el plomo, la sosa cáustica, el
asfalto, la clorina... El primero de una hornada de doscientos cincuenta
mecánicos de cohetes aéreos en embrión pasaba en aquel momento por el metro mil
cien del estante 3. Un mecanismo especial mantenía sus envases en constante
rotación.
- Para mejorar
su sentido del equilibrio - explicó Mr. Foster -. Efectuar reparaciones en el
exterior de un cohete en el aire es una tarea complicada. Cuando están de pie,
reducimos la circulación hasta casi matarlos, y doblamos el flujo del sucedáneo
de la sangre cuando están cabeza abajo. Así aprenden a asociar esta posición
con el bienestar; de hecho, sólo son felices de verdad cuando están así. Y
ahora - prosiguió Mr. Foster -, me gustaría enseñarles algún condicionamiento
interesante para intelectuales Alfa-Más. Tenemos un nutrido grupo de ellos en
el estante número 5. Es el nivel de la Primera Galería - gritó a dos muchachos
que habían empezado a bajar a la planta -. Están por los alrededores del metro
900 - explicó -. No se puede efectuar ningún condicionamiento intelectual
eficaz hasta que el feto ha perdido la cola.
Pero el
director había consultado su reloj.
- Las tres
menos diez - dijo -. Me temo que no habrá tiempo para los embriones
intelectuales. Debemos subir a las Guarderías antes de que los niños despierten
de la siesta de la tarde.
Mr. Foster
pareció decepcionado.
- Al menos, una
mirada a la Sala de Decantación - imploró.
- Bueno, está
bien. - El director sonrió con indulgencia -. Pero sólo una ojeada.
CAPITULO Il
Mr. Foster se
quedó en la Sala de Decantación. El D.I.C. y sus alumnos entraron en el
ascensor más próximo, que los condujo a la quinta planta.
Guardería
infantil. Sala de Condicionamiento Neo-Pavloviano, anunciaba el rótulo de la
entrada.
El director
abrió una puerta. Entraron en una vasta estancia vacía, muy brillante y
soleada, porque toda la pared orientada hacia el Sur era un cristal de parte a
parte. Media docena de enfermeras, con pantalones y chaqueta de uniforme, de
viscosilla blanca, los cabellos asépticamente ocultos bajo cofias blancas, se
hallaban atareadas disponiendo jarrones con rosas en una larga hilera, en el
suelo. Grandes jarrones llenos de flores. Millares de pétalos, suaves y sedosos
como las mejillas de innumerables querubes, pero de querubes, bajo aquella luz
brillante, no exclusivamente rosados y arios, sino también luminosamente chinos
y también mejicanos y hasta apopléticos a fuerza de soplar en celestiales
trompetas, o pálidos como la muerte, pálidos con la blancura póstuma del
mármol.
Cuando el
D.I.C. entró, las enfermeras se cuadraron rígidamente.
- Coloquen los
libros - ordenó el director.
En silencio,
las enfermeras obedecieron la orden. Entre los jarrones de rosas, los libros
fueron debidamente dispuestos: una hilera de libros infantiles se abrieron
invitadoramente mostrando alguna imagen alegremente coloreada de animales,
peces o pájaros.
- Y ahora
traigan a los niños.
Las enfermeras
se apresuraron a salir de la sala y volvieron al cabo de uno o dos minutos;
cada una de ellas empujaba una especie de carrito de té muy alto, con cuatro
estantes de tela metálica, en cada uno de los cuales había un crío de ocho
meses. Todos eran exactamente iguales (un grupo Bokanovsky, evidentemente) y
todos vestían de color caqui, porque pertenecían a la casta Delta.
- Pónganlos en
el suelo.
Los carritos
fueron descargados.
- Y ahora
sitúenlos de modo que puedan ver las flores y los libros.
Los chiquillos
inmediatamente guardaron silencio, y empezaron a arrastrarse hacia aquellas
masas de colores vivos, aquellas formas alegres y brillantes que aparecían en
las páginas blancas. Cuando ya se acercaban, el sol palideció un momento,
eclipsándose tras una nube. Las rosas llamearon, como a impulsos de una pasión
interior; un nuevo y profundo significado pareció brotar de las brillantes
páginas de los libros. De las filas de críos que gateaban llegaron pequeños
chillidos de excitación, gorjeos y ronroneos de placer.
El director se
frotó las manos.
- ¡Estupendo! -
exclamó -. Ni hecho a propósito.
Los más rápidos
ya habían alcanzado su meta. Sus manecitas se tendían, inseguras, palpaban,
agarraban, deshojaban las rosas transfiguradas, arrugaban las páginas
iluminadas de los libros. El director esperó verles a todos alegremente
atareados. Entonces dijo:
- Fíjense bien.
La enfermera
jefe, que estaba de pie junto a un cuadro de mandos, al otro extremo de la
sala, bajó una pequeña palanca. Se produjo una violenta explosión. Cada vez más
aguda, empezó a sonar una sirena. Timbres de alarma se dispararon, locamente.
Los chiquillos
se sobresaltaron y rompieron en chillidos; sus rostros aparecían convulsos de
terror.
- Y ahora -
gritó el director (porque el estruendo era ensordecedor) -, ahora pasaremos a
reforzar la lección con un pequeño shock eléctrico.
Volvió a hacer
una señal con la mano, y la enfermera jefe pulsó otra palanca. Los chillidos de
los pequeños cambiaron súbitamente de tono. Había algo desesperado, algo casi
demencial, en los gritos agudos, espasmódicos, que brotaban de sus labios. Sus
cuerpecitos se retorcían y cobraban rigidez; sus miembros se agitaban
bruscamente, como obedeciendo a los tirones de alambres invisibles.
- Podemos
electrificar toda esta zona del suelo - gritó el director, como explicación -.
Pero ya basta.
E hizo otra
señal a la enfermera.
Las explosiones
cesaron, los timbres enmudecieron, y el chillido de la sirena fue bajando de
tono hasta reducirse al silencio. Los cuerpecillos rígidos y retorcidos se
relajaron, y lo que había sido el sollozo y el aullido de unos niños
desatinados volvió a convertirse en el llanto normal del terror ordinario.
- Vuelvan a
ofrecerles las flores y los libros.
Las enfermeras
obedecieron; pero ante la proximidad de las rosas, a la sola vista de las
alegres y coloreadas imágenes de los gatitos, los gallos y las ovejas, los
niños se apartaron con horror, y el volumen de su llanto aumentó súbitamente.
- Observen -
dijo el director, en tono triunfal -. Observen.
Los libros y
ruidos fuertes, flores y descargas eléctricas; en la mente de aquellos niños
ambas cosas se hallaban ya fuertemente relacionadas entre sí; y al cabo de
doscientas repeticiones de la misma o parecida lección formarían ya una unión
indisoluble. Lo que el hombre ha unido, la Naturaleza no puede separarlo.
- Crecerán con
lo que los psicólogos solían llamar un odio instintivo hacia los libros y las
flores. Reflejos condicionados definitivamente. Estarán a salvo de los libros y
de la botánica para toda su vida. - El director se volvió hacia las enfermeras
-. Llévenselos.
Llorando
todavía, los niños vestidos de caqui fueron cargados de nuevo en los carritos y
retirados de la sala, dejando tras de sí un olor a leche agria y un agradable
silencio.
Uno de los
estudiantes levantó la mano; aunque comprendía perfectamente que no podía
permitirse que los miembros de una casta baja perdieran el tiempo de la
comunidad en libros, y que siempre existía el riesgo de que leyeran algo que
pudiera, por desdicha, destruir uno de sus reflejos condicionados, sin
embargo... bueno, no podía comprender lo de las flores. ¿Por qué tomarse la
molestia de hacer psicológicamente imposible para los Deltas el amor a las
flores?
Pacientemente,
el D.I.C. se explicó. Si se inducía a los niños a chillar a la vista de una
rosa, ello obedecía a una alta política económica. No mucho tiempo atrás
(aproximadamente un siglo), los Gammas, los Deltas y hasta los Epsilones habían
sido condicionados de modo que les gustaran las flores; las flores en
particular, y la naturaleza salvaje en general. El propósito, entonces,
estribaba en inducirles a salir al campo en toda oportunidad, con el fin de que
consumieran transporte.
- ¿Y no
consumían transporte? - preguntó el estudiante.
- Mucho -
contestó el D.I.C -. Pero sólo transporte.
Las prímulas y
los paisajes, explicó, tienen un grave defecto: son gratuitos. El amor a la
Naturaleza no da quehacer a las fábricas. Se decidió abolir el amor a la
Naturaleza, al menos entre las castas más bajas; abolir el amor a la
Naturaleza, pero no la tendencia a consumir transporte. Porque, desde luego,
era esencial, que siguieran deseando ir al campo, aunque lo odiaran. El
problema residía en hallar una razón económica más poderosa para consumir
transporte que la mera afición a las prímulas y los paisajes. Y lo encontraron.
- Condicionamos
a las masas de modo que odien el campo - concluyó el director -. Pero
simultáneamente las condicionamos para que adoren los deportes campestres. Al
mismo tiempo, velamos para que todos los deportes al aire libre entrañen el uso
de aparatos complicados. Así, además de transporte, consumen artículos
manufacturados. De ahí estas descargas eléctricas.
- Comprendo -
dijo el estudiante.
Y presa de
admiración, guardó silencio.
El silencio se
prolongó; después, aclarándose la garganta, el director empezó:
- Tiempo ha,
cuando Nuestro Ford estaba todavía en la Tierra, hubo un chiquillo que se
llamaba Reuben Rabinovich. Reuben era hijo de padres de habla polaca. Usted
sabe lo que es el polaco, desde luego.
- Una lengua
muerta.
- Como el
francés y el alemán - agregó otro estudiante, exhibiendo oficiosamente sus
conocimientos.
- ¿Y padre? -
preguntó el D.I.C.
Se produjo un
silencio incómodo. Algunos muchachos se sonrojaron. Todavía no habían aprendido
a identificar la significativa pero a menudo muy sutil distinción entre
obscenidad y ciencia pura. Uno de ellos, al fin, logró reunir valor suficiente
para levantar la mano.
- Los seres
humanos antes eran... - vaciló; la sangre se le subió a las mejillas -. Bueno,
eran vivíparos.
- Muy bien -
dijo el director, en tono de aprobación.
- Y cuando los
niños eran decantados...
- Cuando nacían
- surgió la enmienda.
- Bueno, pues
entonces eran los padres... Quiero decir, no los niños, desde luego, sino los
otros.
El pobre
muchacho estaba abochornado y confuso.
- En suma -
resumió el director -, Los padres eran el padre y la madre. - La obscenidad,
que era auténtica ciencia, cayó como una bomba en el silencio de los muchachos,
que desviaban las miradas -. Madre - repitió el director en voz alta, para
hacerles entrar la ciencia; y, arrellanándose en su asiento, dijo gravemente -.
Estos hechos son desagradables, lo sé. Pero la mayoría de los hechos históricos
son desagradables.
Luego volvió al
pequeño Reuben, al pequeño Reuben, en cuya habitación, una noche, por descuido,
su padre y su madre (¡lagarto, lagarto!) se dejaron la radio en marcha. (Porque
deben ustedes recordar que en aquellos tiempos de burda reproducción vivípara,
los niños eran criados siempre con sus padres y no en los Centros de
Condicionamiento del Estado.)
Mientras el
chiquillo dormía, de pronto la radio empezó a dar un programa desde Londres y a
la mañana siguiente, con gran asombro de sus lagarto y lagarto (los muchachos
más atrevidos osaron sonreírse mutuamente), el pequeño Reuben se despertó
repitiendo palabra por palabra una larga conferencia pronunciada por aquel
curioso escritor antiguo (uno de los poquísimos cuyas obras se ha permitido que
lleguen hasta nosotros), George Bernard Shaw, quien hablaba, de acuerdo con la
probada tradición de entonces, de su propio genio.
Para los...
(guiño y risita) del pequeño Reuben, esta conferencia era, desde luego,
perfectamente incomprensible, y, sospechando que su hijo se había vuelto loco
de repente, enviaron a buscar a un médico. Afortunadamente, éste entendía el
inglés, reconoció el discurso que Shaw había radiado la víspera, comprendió el
significado de lo ocurrido y envió una comunicación a las publicaciones médicas
acerca de ello.
- El principio
de la enseñanza durante el sueño, o hipnopedia, había sido descubierto.
El D.I.C. hizo
una pausa efectista.
El principio
había sido descubierto; pero habían de pasar años, muchos años, antes de que
tal principio fuese aplicado con utilidad.
- El caso del
pequeño Reuben ocurrió sólo veintitrés años después de que Nuestro Ford lanzara
al mercado su primer Modelo T. - Al decir estas palabras, el director hizo la
señal de la T sobre su estómago, y todos los estudiantes le imitaron
reverentemente.
Furiosamente,
los estudiantes garrapateaban: Hipnopedia, empleada por primera vez
oficialmente en 214 d. F. ¿Por qué no antes? Dos razones. (a)...
- Estos
primeros experimentos - les decía el D.I.C. - seguían una pista falsa. Los
investigadores creían que la hipnopedia podía convertirse en un instrumento de
educación intelectual.
Un niño duerme
sobre su costado derecho, con el brazo derecho estirado, la mano derecha
colgando fuera de la cama. A través de un orificio enrejado, redondo,
practicado en el lado de una caja, una voz habla suavemente:
El Nilo es el
río más largo de África y el segundo en longitud de todos los ríos del Globo.
Aunque es poco menos largo que el Mississippi-Missouri, el Nilo es el más
importante de todos los ríos del mundo en cuanto a la anchura de su cuenca, que
se extiende a través de 35 grados de latitud...
A la mañana
siguiente, alguien dice:
- Tommy, ¿sabes
cuál es el río más largo de África?
El chiquillo
niega con la cabeza.
- Pero, ¿no
recuerdas algo que empieza: EI Nilo es el...?
-El-Nilo-es-el-río-más-largo-de-África-y-el-segundo-en-longitud-de-todos-los-ríos-del-
Globo - Las palabras brotan caudalosamente de sus labios -. Aunque-es-poco-menos-largo-que...
- Bueno,
entonces, ¿cuál es el río más largo de África?
Los ojos
aparecen vacíos de expresión.
- No lo sé.
- Pues el Nilo,
Tommy.
- ¿Cuál es el
río más largo del mundo, Tommy?
Tommy rompe a
llorar.
- No lo sé -
solloza.
Este llanto,
según explicó el director, desanimó a los primeros investigadores. Los
experimentos fueron abandonados. No se volvió a intentar enseñar a los niños,
durante el sueño, la longitud del Nilo. Muy acertadamente. No se puede aprender
una ciencia a menos que uno sepa de qué trata.
- Por el
contrario, debían haber empezado por la educación inmoral - dijo el director,
abriendo la marcha hacia la puerta. Los estudiantes le siguieron, garrapateando
desesperadamente mientras caminaban hasta llegar al ascensor -. La educación
moral, que nunca, en ningún caso, debe ser racional.
- Silencio,
silencio - susurró un altavoz, cuando salieron del ascensor, en la decimocuarta
planta, y silencio, silencio repetían incansables los altavoces, situados a
intervalos en todos los pasillos. Los estudiantes y hasta el propio director
empezaron a caminar automáticamente sobre las puntas de los pies. Sí, ellos
eran Alfas, desde luego; pero también los Alfas han sido condicionados.
Silencio, silencio. El aire todo de la planta decimocuarta vibraba con aquel
imperativo categórico.
Unos cincuenta
metros recorridos de puntillas los llevaron ante una puerta que el director
abrió cautelosamente. Cruzando el umbral, penetraron en la penumbra de un
dormitorio cerrado. Ochenta camastros se alineaban junto a la pared. Se oía una
respiración regular y ligera, y un murmullo continuo, como de voces muy débiles
que susurraran a lo lejos.
En cuanto
entraron, una enfermera se levantó y se cuadró ante el director.
- ¿Cuál es la
lección de esta tarde? - preguntó éste.
- Durante los
primeros cuarenta minutos tuvimos Sexo Elemental - contestó la enfermera -.
Pero ahora hemos pasado a Conciencia de Clase Elemental.
El director
paseó lentamente a lo largo de la larga hilera de literas. Sonrosados y relajados
por el sueño, ochenta niños y niñas yacían, respirando suavemente. Debajo de
cada almohada se oía un susurro. El D.I.C. se detuvo, e inclinándose sobre una
de las camitas, escuchó atentamente.
- ¿Conciencia
de Clase Elemental? - dijo el director -. Vamos a hacerlo repetir por el
altavoz.
Al extremo de
la sala un altavoz sobresalía de la pared. El director se acercó al mismo y
pulsó un interruptor.
- ...todos
visten de color verde - dijo una voz suave pero muy clara, empezando en mitad
de una frase -, y los niños Delta visten todos de caqui. ¡Oh, no, yo no quiero
jugar con niños Delta! Y los Epsilones todavía son peores. Son demasiado tontos
para poder leer o escribir. Además, visten de negro, que es un color asqueroso.
Me alegro mucho de ser un Beta.
Se produjo una
pausa; después la voz continuó: Los niños Alfa visten de color gris. Trabajan
mucho más duramente que nosotros, porque son terriblemente inteligentes. De
verdad, me alegro muchísimo de ser Beta, porque no trabajo tanto. Y, además,
nosotros somos mucho mejores que los Gammas y los Deltas. Los Gammas son
tontos. Todos visten de color verde, y los niños Delta visten todos de caqui.
¡Oh, no, yo no quiero jugar con niños Delta! Y los Epsilones todavía son
peores. Son demasiado tontos para...
El director
volvió a cerrar el interruptor. La voz enmudeció. Sólo su desvaído fantasma
siguió susurrando desde debajo de las ochenta almohadas.
- Todavía se lo
repetirán cuarenta o cincuenta veces antes de que despierten, y lo mismo en la
sesión del jueves, y otra vez el sábado. Ciento veinte veces, tres veces por
semana, durante treinta meses. Después de lo cual pueden pasar a una lección
más adelantada.
Rosas y
descargas eléctricas, el caqui de los Deltas y una vaharada de asafétida,
indisolublemente relacionados entre sí antes de que el niño sepa hablar. Pero
el condicionamiento sin palabras es algo tosco y burdo; no puede hacer
distinciones más sutiles, no puede inculcar las formas de comportamiento más
complejas. Para esto se precisan las palabras, pero palabras sin razonamiento.
En suma, la hipnopedia.
- La mayor
fuerza socializadora y moralizadora de todos los tiempos.
Los estudiantes
lo anotaron en sus pequeños blocs. Directamente de labios de la ciencia
personificada.
El director
volvió a accionar el interruptor.
-
...terriblemente inteligentes - estaba diciendo la voz suave, insinuante e
incansable -. De verdad, me alegro muchísimo de ser Beta, porque... - No
precisamente como gotas de agua, a pesar de que el agua, es verdad, puede
agujerear el más duro granito; más bien como gotas de lacre fundido, gotas que
se adhieren, que se incrustan, que se incorporan a aquello encima de lo cual
caen, hasta que, finalmente, la roca se convierte en un solo bloque escarlata.
- Hasta que, al
fin, la mente del niño se transforma en esas sugestiones, y la suma de estas
sugestiones es la mente del niño. Y no sólo la mente del niño, sino también la
del adulto, a lo largo de toda su vida. La mente que juzga, que desea, que
decide... formada por estas sugestiones. ¡Y estas sugestiones son nuestras
sugestiones! - casi gritó el director, exaltado -. ¡Sugestiones del Estado! -
Descargó un puñetazo encima de una mesa -. De ahí se sigue que...
Un rumor lo
indujo a volverse.
- ¡Oh, Ford! -
exclamó, en otro tono -. He despertado a los niños.
CAPITULO IIl
Fuera, en el
jardín, era la hora del recreo. Desnudos bajo el cálido sol de junio,
seiscientos o setecientos niños y niñas corrían de acá para allá lanzando
agudos chillidos y jugando a la pelota, o permanecían sentados silenciosamente,
entre las matas floridas, en parejas o en grupos de tres. Los rosales estaban
en flor, dos ruiseñores entonaban un soliloquio en la espesura, y un cuco
desafinaba un poco entre los tilos. El aire vibraba con el zumbido de las
abejas y los helicópteros.
El director y
los alumnos permanecieron algún tiempo contemplando a un grupo de niños que
jugaban a la Pelota Centrífuga. Veinte de ellos formaban círculo alrededor de
una torre de acero cromado. Había que arrojar la pelota a una plataforma
colocada en lo alto de la torre; entonces la pelota caía por el interior de la
misma hasta llegar a un disco que giraba velozmente, y salía disparada al
exterior por una de las numerosas aberturas practicadas en la armazón de la
torre. Y los niños debían atraparla.
- Es curioso -
musitó el director, cuando se apartaron del lugar -, es curioso pensar que
hasta en los tiempos de Nuestro Ford la mayoría de los juegos se jugaban sin
más aparatos que una o dos pelotas, unos pocos palos y a veces una red.
» Imaginen la
locura que representa permitir que la gente se entregue a juegos complicados
que en nada aumentan el consumo. Pura locura. Actualmente los Interventores no
aprueban ningún nuevo juego, a menos que pueda demostrarse que exige cuando
menos tantos aparatos como el más complicado de los juegos ya existentes. - Se
interrumpió espontáneamente -. He aquí un grupito encantador - dijo, señalando.
En una breve
extensión de césped, entre altos grupos de brezos mediterráneos, dos
chiquillos, un niño de unos siete años y una niña que quizá tendría un año más,
jugaban - gravemente y con la atención concentrada de unos científicos
empeñados en una labor de investigación - a un rudimentario juego sexual.
- ¡Encantador,
encantador! - repitió el D.I.C., sentimentalmente.
- Encantador -
convinieron los muchachos, cortésmente.
Pero su sonrisa
tenía cierta expresión condescendiente: hacía muy poco tiempo que habían
abandonado aquellas diversiones infantiles, demasiado poco para poder
contemplarlas sin cierto desprecio. ¿Encantador? No eran más que un par de
chiquillos haciendo el tonto; nada más. Chiquilladas.
- Siempre
pienso... - empezó el director en el mismo tono sensiblero.
Pero lo
interrumpió un llanto bastante agudo.
De unos
matorrales cercanos emergió una enfermera que llevaba cogido de la mano un niño
que lloraba. Una niña, con expresión ansiosa, trotaba pisándole los talones.
- ¿Qué ocurre?
- preguntó el director.
La enfermera se
encogió de hombros.
- No tiene
importancia - contestó -. Sólo que este chiquillo parece bastante reacio a
unirse en el juego erótico corriente. Ya lo había observado dos o tres veces. Y
ahora vuelve a las andadas.
Empezó a llorar
y...
- Honradamente
- intervino la chiquilla de aspecto ansioso -, yo no quise hacerle ningún daño.
Es la pura
verdad.
- Claro que no,
querida - dijo la enfermera, tranquilizándola -. Por esto - prosiguió,
dirigiéndose de nuevo al director - lo llevo a presencia del Superintendente
Ayudante de Psicología. Para ver si hay en él alguna anormalidad.
- Perfectamente
- dijo el director -. Llévelo allá. Tú te quedas aquí, chiquilla - agregó,
mientras la enfermera se alejaba con el niño, que seguía llorando -. ¿Cómo te
llamas?
- Polly
Trotsky.
- Un nombre muy
bonito, como tú - dijo el director -. Anda, ve a ver si encuentras a otro niño
con quien jugar.
La niña echó a
correr hacia los matorrales y se perdió de vista.
- ¡Exquisita
criatura! - dijo el director, mirando en la dirección por donde había
desaparecido; y volviéndose después hacia los estudiantes, prosiguió -: Lo que
ahora voy a decirles puede parecer increíble. Pero cuando no se está
acostumbrado a la Historia, la mayoría de los hechos del pasado parecen
increíbles.
Y les comunicó
la asombrosa verdad. Durante un largo período de tiempo, antes de la época de
Nuestro Ford, y aun durante algunas generaciones subsiguientes, los juegos
eróticos entre chiquillos habían sido considerados como algo anormal
(estallaron sonoras risas); y no sólo anormal, sino realmente inmoral (¡No!),
y, en consecuencia, estaban rigurosamente prohibidos.
Una expresión
de asombrosa incredulidad apareció en los rostros de sus oyentes. ¿Era posible
que prohibieran a los pobres chiquillos divertirse? No podían creerlo.
- Hasta a los
adolescentes se les prohibían - siguió el D.I.C. -; a los adolescentes como
ustedes...
- ¡Es
imposible!
- Dejando
aparte un poco de autoerotismo subrepticio y la homosexualidad, nada estaba
permitido.
- ¿Nada?
- En la mayoría
de los casos, hasta que tenían más de veinte años.
- ¿Veinte años?
- repitieron, como un eco, los estudiantes, en un coro de incredulidad.
- Veinte -
repitió a su vez el director -. Ya les dije que les parecería increíble.
- Pero, ¿qué
pasaba? - preguntaron los muchachos -. ¿Cuáles eran los resultados?
- Los
resultados eran terribles.
Una voz grave y
resonante había intervenido inesperadamente en la conversación.
Todos se
volvieron. A la vera del pequeño grupo se hallaba un desconocido, un hombre de
estatura media y cabellos negros, nariz ganchuda, labios rojos y regordetes, y
ojos oscuros, que parecían taladrar.
- Terribles -
repitió.
En aquel
momento, el D.I.C. se hallaba sentado en uno de los bancos de acero y caucho
convenientemente esparcidos por todo el jardín; pero a la vista del desconocido
saltó sobre sus pies y corrió a su encuentro, con las manos abiertas, sonriendo
con todos sus dientes, efusivo.
- ¡Interventor!
¡Qué inesperado placer! Muchachos, ¿en qué piensan ustedes? Les presento al
interventor; es Su Fordería Mustafá Mond.
En las cuatro
mil salas del Centro, los cuatro mil relojes eléctricos dieron simultáneamente
las cuatro. Voces etéreas sonaban por los altavoces:
- Cesa el
primer turno del día... Empieza el segundo turno del día... Cesa el primer
turno del día...
En el ascensor,
camino de los vestuarios, Henry Foster y el Director Ayudante de Predestinación
daban la espalda intencionadamente a Bernard Marx, de la Oficina Psicológica,
procurando evitar toda relación con aquel hombre de mala fama.
En el Almacén
de Embriones, el débil zumbido y chirrido de las máquinas todavía estremecía el
aire escarlata. Los turnos podían sucederse; una cara roja, luposa, podía ceder
el lugar a otra; mayestáticamente y para siempre, los trenes seguían reptando
con su carga de futuros hombres y mujeres.
Lenina Crowne
se dirigió hacia la puerta.
¡Su Fordería
Mustafá Mond! A los estudiantes casi se les salían los ojos de la cabeza.
¡Mustafá Mond! ¡El Interventor Residente de la Europa Occidental! ¡Uno de los
Diez Interventores Mundiales! Uno de los Diez... y se sentó en el banco, con el
D.I.C., e iba a quedarse, a quedarse, sí, y hasta a dirigirlos la palabra...
¡Directamente de labios del propio Ford!
Dos chiquillos
morenos emergieron de unos matorrales cercanos, les miraron un momento con ojos
muy abiertos y llenos de asombro, y luego volvieron a sus juegos entre las
hojas.
- Todos ustedes
recuerdan - dijo el Interventor; con su voz fuerte y grave -, todos ustedes
recuerdan, supongo, aquella hermosa e inspirada frase de Nuestro Ford: La
Historia es una patraña - repitió lentamente -, una patraña.
Hizo un ademán
con la mano, y fue como si con un visible plumero hubiese quitado un poco el
polvo; y el polvo era Harappa, era Ur de Caldea; y algunas telarañas, y las
telarañas eran Tebas y Babilonia, y Knosos y Micenas. Otro movimiento de
plumero y desaparecieron Ulises, Job, Júpiter, Gautama y Jesús. Otro plumerazo,
y fueron aniquiladas aquellas viejas motas de suciedad que se llamaron Atenas,
Roma, Jerusalén y el Celeste Imperio. Otro, y el lugar donde había estado
Italia quedó desierto. Otro, y desaparecieron las catedrales. Otro, otro, y
afuera con el Rey Lear y los Pensamientos de Pascal. Otro, ¡y basta de Pasión!
Otro, ¡y basta de Réquiem! Otro, ¡y basta de Sinfonía!; otro plumerazo y...
- ¿Irás al
sensorama esta noche, Henry? - preguntó el Predestinador Ayudante -. Me han
dicho que el film del Alhambra es estupendo. Hay una escena de amor sobre una
alfombra de piel de oso; dicen que es algo maravilloso. Aparecen reproducidos
todos los pelos del oso. Unos efectos táctiles asombrosos.
- Por esto no
se les enseña Historia - decía el Interventor -. Pero ahora ha llegado el
momento...
El D.I.C. le
miró con inquietud. Corrían extraños rumores acerca de viejos libros prohibidos
ocultos en una arca de seguridad en el despacho del Interventor. Biblias,
poesías... ¡Ford sabía tantas cosas!
Mustafá Mond
captó su mirada ansiosa, y las comisuras de sus rojos labios se fruncieron
irónicamente.
-
Tranquilícese, director - dijo en leve tono de burla -. No voy a corromperlos.
El D.I.C. quedó
abrumado de confusión.
Los que se
sienten despreciados procuran aparecer despectivos. La sonrisa que apareció en
el rostro de Bernard Marx era ciertamente despreciativa. ¡Todos los pelos del
oso! ¡Vaya!
- Haré todo lo
posible por ir - dijo Henry Foster.
Mustafá Mond se
inclinó hacia delante y agitó el dedo índice hacia ellos.
- Basta que
intenten comprenderlo - dijo, y su voz provocó un extraño escalofrío en los
diafragmas de sus oyentes -. Intenten comprender el efecto que producía tener
una madre vivípara.
De nuevo
aquella palabra obscena. Pero esta vez a ninguno se le ocurrió siquiera la
posibilidad de sonreír.
- Intenten
imaginar lo que significaba vivir con la propia familia.
Lo intentaron;
pero, evidentemente, sin éxito.
- ¿Y saben
ustedes lo que era un hogar? Todos movieron negativamente la cabeza.
Emergieron de
su sótano oscuro y escarlata, Lenina Crowne subió diecisiete pisos, torció a la
derecha al salir del ascensor, avanzó por un largo pasillo y, abriendo la
puerta del Vestuario Femenino, se zambulló en un caos ensordecedor de brazos,
senos y ropa interior. Torrentes de agua caliente caían en un centenar de
bañeras o salían borboteando de ellas por los desagües. Zumbando y silbando,
ochenta máquinas para masaje - que funcionaban a base de vacío y vibración -
amasaban simultáneamente la carne firme y tostada por el sol de ochenta
soberbios ejemplares femeninos que hablaban todos a voz en grito. Una máquina
de Música Sintética susurraba un solo de supercorneta.
- Hola, Fanny -
dijo Lenina a la muchacha que tenía el perchero y el armario junto al suyo.
Fanny trabajaba
en la Sala de Envasado y se llamaba también Crowne de apellido. Pero como entre
los dos mil millones de habitantes del planeta debían repartiese sólo diez mil
nombres, esta coincidencia nada tenía de sorprendente.
Lenina tiró de sus
cremalleras, hacia abajo la de la chaqueta, hacia abajo, con ambas manos, las
dos cremalleras de los pantalones, y hacia abajo también para la ropa interior,
y, sin más que las medias y los zapatos, se dirigió hacia el baño.
Hogar, hogar...
Unos pocos cuartitos, superpoblados por un hombre, una mujer periódicamente
embarazada, y una turbamulta de niños y niñas de todas las edades. Sin aire,
sin espacio; una prisión no esterilizada; oscuridad, enfermedades y malos
olores.
(La evocación
que el Interventor hizo del hogar fue tan vívida que uno de los muchachos, más
sensible que los demás, palideció ante la mera descripción del mismo y estuvo a
punto de marearse.)
Lenina salió
del baño, se secó con la toalla, cogió un largo tubo flexible incrustado en la
pared, apuntó con él a su pecho, como si se dispusiera a suicidarse, y oprimió
el gatillo. Una oleada de aire caliente la cubrió de finísimos polvos de talco.
Ocho diferentes perfumes y agua de Colonia se hallaban a su disposición con
sólo maniobrar los pequeños grifos situados en el borde del lavabo. Lenina
abrió el tercero de la izquierda, se perfumó con esencia de Chipre, y, llevando
en la mano los zapatos y las medias, salió a ver si estaba libre alguno de los
aparatos de masaje.
Y el hogar era
tan mezquino psíquicamente como físicamente. Psíquicamente, era una conejera,
un estercolero, lleno de fricciones a causa de la vida en común, hediondo a
fuerza de emociones. ¡Cuántas intimidades asfixiantes, cuán peligrosas, insanas
y obscenas relaciones entre los miembros del grupo familiar! Como una
maniática, la madre se preocupaba constantemente por los hijos (sus hijos)...,
se preocupaba por ellos como una gata por sus pequeños; pero como una gata que
supiera hablar, una gata que supiera decir: Nene mío, nene mío una y otra vez.
Nene mío, y, oh, en mi pecho, sus manitas, su hambre, y ese placer mortal e
indecible! Hasta que al fin mi niño se duerme, mi niño se ha dormido con una
gota de blanca leche en la comisura de su boca. Mi hijito duerme...
- Sí - dijo Mustafá
Mond, moviendo la cabeza -, con razón se estremecen ustedes.
- ¿Con quién
saldrás esta noche? - preguntó Lenina, volviendo de su masaje con un resplandor
rosado, como una perla iluminada desde dentro.
- Con nadie.
Lenina arqueó
las cejas, asombrada.
- Últimamente
no me he encontrado muy bien - explicó Fanny -. El doctor Wells me aconsejó
tomar Sucedáneo de Embarazo.
- ¡Pero si sólo
tienes diecinueve años! El primer Sucedáneo de Embarazo no es obligatorio hasta
los veintiuno.
- Ya lo sé,
mujer. Pero hay personas a quienes les conviene empezar antes. El doctor Wells
me dijo que las morenas de pelvis ancha, como yo, deberían tomar el primer
Sucedáneo de Embarazo a los diecisiete. De modo que en realidad llevo dos años
de retraso y no de adelanto.
Abrió la puerta
de su armario y señaló la hilera de cajas y ampollas etiquetadas del primer
estante.
«Jarabe de
Corpus Luteum». Lenina leyó los nombres en voz alta. «Ovarina fresca,
garantizada; fecha de caducidad: 1 de agosto de 632 d.F. Extracto de glándulas
mamarias: tómese tres veces al día, antes de las comidas, con un poco de agua.
Placentina; inyectar 5 cc. cada tres días (intravenosa)... »
- ¡Uy! -
estremecióse Lenina -. ¡Con lo poco que me gustan las intravenosas! ¿Y a ti?
- Tampoco me
gustan. Pero cuando son para nuestro bien...
Fanny era una
muchacha particularmente juiciosa.
Nuestro Ford -
o nuestro Freud, como, por alguna razón inescrutable, decidió llamarse él mismo
cuando hablaba de temas psicológicos -. Nuestro Freud fue el primero en revelar
los terribles peligros de la vida familiar. El mundo estaba lleno de padres, y,
por consiguiente, estaba lleno de miseria; lleno de madres, y, por
consiguiente, de todas las formas de perversión, desde el sadismo hasta la
castidad; lleno de hermanos, hermanas, tíos, tías, y, por ende, lleno de locura
y de suicidios.
- Y sin
embargo, entre los salvajes de Samoa, en ciertas islas de la costa de Nueva
Guinea...
El sol tropical
relucía como miel caliente sobre los cuerpos desnudos de los chiquillos que
retozaban promiscuamente entre las flores de hibisco. El hogar estaba en
cualquiera de las veinte casas con tejado de hojas de palmera. En las
Trobiands, la concepción era obra de los espíritus ancestrales; nadie había
oído hablar jamás de padre.
- Los extremos
se tocan - dijo el Interventor -. Por la sencilla razón de que fueron creados
para tocarse.
- El doctor
Wells dice que una cura de tres meses a base de Sucedáneo de Embarazo mejorará
mi salud durante los tres o cuatro años próximos.
- Espero que
esté en lo cierto - dijo Lenina -. Pero, Fanny, ¿de veras quieres decir que
durante estos tres meses se supone que no vas a...?
- ¡Oh, no,
mujer! Sólo durante una o dos semanas, y nada más. Pasaré la noche en el club,
jugando al Bridge Musical. Supongo que tú sí saldrás, ¿no?
Lenina asintió
con la cabeza.
- ¿Con quién?
- Con Henry
Foster.
- ¿Otra vez? -
El rostro afable, un tanto lunar, de Fanny cobró una expresión de asombro
dolido y reprobador -. ¡No me digas que todavía sales con Henry Foster!
Madres y
padres, hermanos y hermanas. Pero había también maridos, mujeres, amantes.
Había también monogamia y romanticismo.
- Aunque
probablemente ustedes ignoren lo que es todo esto - dijo Mustafá Mond.
Los estudiantes
asintieron.
Familia,
monogamia, romanticismo. Exclusivismo en todo, en todo una concentración del
interés, una canalización del impulso y la energía.
- Cuando lo
cierto es que todo el mundo pertenece a todo el mundo - concluyó el
Interventor, citando el proverbio hipnopédico.
Los estudiantes
volvieron a asentir, con énfasis, aprobando una afirmación que sesenta y dos
mil repeticiones en la oscuridad les habían obligado a aceptar, no sólo como
cierta sino como axiomático, evidente, absolutamente indiscutible.
- Bueno, al fin
y al cabo - protestó Lenina - sólo hace unos cuatro meses que salgo con Henry.
- ¡Sólo cuatro
meses! ¡Me gusta! Y lo que es peor - prosiguió Fanny, señalándola con un dedo
acusador - es que en todo este tiempo no ha habido en tu vida nadie, excepto
Henry, ¿verdad?
Lenina se
sonrojó violentamente; pero sus ojos y el tono de su voz siguieron desafiando a
su amiga.
- No, nadie más
- contestó, casi con truculencia -. Y no veo por qué debería haber habido
alguien más.
- ¡Vaya! ¡La
niña no ve por qué! - repitió Fanny, como dirigiéndose a un invisible oyente
situado detrás del hombro izquierdo de Lenina. Luego, cambiando bruscamente de
tono, añadió -: En serio. La verdad es que creo que deberías andar con cuidado.
Está muy mal eso de seguir así con el mismo hombre. A los cuarenta o cuarenta y
cinco años, todavía... Pero, ¡a tu edad, Lenina! No. no puede ser. Y sabes muy
bien que el D.I.C. se opone firmemente a todo lo que sea demasiado intenso o
prolongado...
- Imaginen un
tubo que encierra agua a presión. - Los estudiantes se lo imaginaron -.
Practico en el mismo un solo agujero - dijo el Interventor -. ¡Qué hermoso
chorro!
Lo agujereó
veinte veces. Brotaron veinte mezquinas fuentecitas.
«Hijo mío. Hijo
mío...»
«¡Madre!»
La locura es
contagiosa.
«Amor mío, mi
único amor, preciosa, preciosa...»
Madre, monogamia,
romanticismo... La fuente brota muy alta; el chorro surge con furia, espumante.
La necesidad tiene una sola salida. Amor mío, hijo mío. No es extraño que
aquellos pobres premodernos estuviesen locos y fuesen desdichados y miserables.
Su mundo no les permitía tomar las cosas con calma, no les permitía ser
juiciosos, virtuosos, felices. Con madres y amantes, con prohibiciones para
cuya obediencia no habían sido condicionados, con las tentaciones y los
remordimientos solitarios, con todas las enfermedades y el dolor eternamente
aislante, no es de extrañar que sintieran intensamente las cosas y sintiéndolas
así (y, peor aún, en soledad, en un aislamiento individual sin esperanzas),
¿cómo podían ser estables?
- Claro que no
tienes necesidad de dejarle. Pero sal con algún otro de vez en cuando. Esto
basta. El va con otras muchachas, ¿no es verdad?
Lenina lo
admitió.
- Claro que sí.
Henry Foster es un perfecto caballero, siempre correcto. Además, tienes que
pensar en el director. Ya sabes que es muy quisquilloso...
Asintiendo con
la cabeza, Lenina dijo:
- Esta tarde me
ha dado una palmadita en el trasero.
- ¿Lo ves? -
Fanny se mostraba triunfal -. Esto te demuestra qué es lo que importa por
encima de todo. El convencionalismo más estricto.
- Estabilidad -
dijo el Interventor -, estabilidad. No cabe civilización alguna sin estabilidad
social. Y no hay estabilidad social sin estabilidad individual.
Su voz sonaba
como una trompeta. Escuchándole, los estudiantes se sentían más grandes, más
ardientes.
La máquina gira,
gira, y debe seguir girando, siempre. Si se para, es la muerte. Un millar de
millones se arrastraban por la corteza terrestre. Las ruedas empezaron a girar.
En ciento cincuenta años llegaron a los dos mil millones. Párense todas las
ruedas. Al cabo de ciento cincuenta semanas de nuevo hay sólo mil millones;
miles y miles de hombres y mujeres han perecido de hambre.
Las ruedas
deben girar continuamente, pero no al azar. Debe haber hombres que las vigilen,
hombres tan seguros como las mismas ruedas en sus ejes, hombres cuerdos,
obedientes, estables en su contentamiento.
Si gritan:
«Hijo mío, madre mía, mi único amor»; si murmuran: «Mi pecado, mi terrible
Dios»; si chillan de dolor, deliran de fiebre, sufren a causa de la vejez y la
pobreza... ¿cómo pueden cuidar de las ruedas? Y si no pueden cuidar de las
ruedas... Sería muy difícil enterrar o quemar los cadáveres de millares y
millares y millares de hombres y mujeres.
- Y al fin y al cabo - el tono de voz de Fanny era un arrullo -, no veo que haya nada doloroso o desagradable en el hecho de tener a uno o dos hombres además de Henry. Teniendo en cuenta todo esto, de