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CLARÍN – Sección Cultura y Nación - Por Beatriz Sarlo
Domingo, 2 de abril de 2000
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EL 26 DE ESTE MES SE CUMPLEN 100 AÑOS DEL NACIMIENTO DEL AUTOR DE “LOS SIETE LOCOS”. CON SINGULAR TONO ENTRE PLEBEYO Y SOCARRÓN, CONSIGUIÓ RETRATAR COMO NADIE LA ARGENTINA DE LOS AÑOS 20 Y 30. |
UN EXTREMISTA DE LA LITERATURA
Beatriz
Sarlo
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EN SUS 42 AÑOS DE VIDA, EL AUTOR DE “EL AMOR BRUJO” CREÓ UNA NARRATIVA SINGULAR HECHA VIOLENCIA URBANA, CRÍTICA SOCIAL Y PERSONAJES EXTREMOS.BEATRIZ SARLO DESCRIBE AQUÍ A ESE ESCRITOR POBRE Y RADICAL QUE SE SINTIÓ SIEMPRE UN RECIÉN LLEGADO DE APELLIDO IMPRONUNCIABLE. |
Lector
de folletines, rocambolesco lector, Arlt tiene una imaginación extremista; de
un conflicto solo sale por la violencia. No se trata simplemente de una ideología,
sino de una forma.
En
El juguete rabioso, Silvio Astier quiere prenderle fuego a la
librería donde trabaja; deja una brasa sobre una pila de papeles y se va
convencido del incendio. Esa noche, Astier se siente “definitivamente libre”
y su acto le parece digno del arte: “¿Qué pintor hará el cuadro del
dependiente dormido, que ensueños sonríe porque ha incendiado la ladronera de
su amo?” La grandeza de la ensoñación contrasta irónicamente con esa brasa
que se ha extinguido en el charco grasiento donde se lavaron los platos.
Silvio,
al igual que otros personajes de Arlt, tiene medios patéticamente inadecuados a
sus fines. Pero lo que importa es que haya elegido la salida por el fuego. Después
del encuentro con el homosexual, en la pieza de pensión, Silvio deambula a la
madrugada. Detrás de las puertas de los negocios presupone riquezas infinitas: “Y
yo, como un perro, andaba a la ventura por la ciudad. Estremecido de odio,
encendí un cigarrillo y malignamente arrojé la cerilla encendida encima de un
bulto humano que dormía acurrucado en un pórtico, una pequeña llama onduló
en los andrajos.” Pocos párrafos después el personaje llega “a
la inevitable conclusión: ‘Es inútil tengo que matarme’.”
La
violencia de los adjetivos en el relato de sus relaciones con comerciantes pequeñoburgueses,
carniceros, farmacéuticos, no puede ser más intensa. No hay desprecio menor.
Tampoco hay indignidades menores. Silvio delató a su amigo que preparaba un
robo. Una de las explicaciones que da del acto es la siguiente: “ Hay
momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de
ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo sé que…, de destrozar
para siempre la vida de un hombre… y después de hecho eso podremos volver a
caminar tranquilos.” Silvio sabe que la delación es una forma extrema de
la traición. Por eso delata.
En
el contraste que se establece entre la delación y sus efectos, Silvio piensa
que se arraiga su subjetividad y se construye una relación nueva con la vida.
De todo lo que ha vivido hasta ese momento se sale por el lado de alguna
violencia. Oscar Masotta hace muchos años, leyó esta delación como “
empresa metafísica de alcanzar el absoluto a través del mal”. Esa
radicalidad del Mal pone a los actos más allá de las ideologías. El
significado del acto de violencia es estratégico: una forma de enfrentar
cualquier lazo social convencional.
Con
el asesinato de la Bizca, en Los lanzallamas, Erdosain cumple de nuevo
ese movimiento estratégico. El asesinato es gratuito; no responde a ningún cálculo
táctico, que evalúa a un enfrentamiento total. La lógica de ese
enfrentamiento, que también fue la lógica de la secta organizada por el Astrólogo,
es extremista.
El extremismo arltiano
presupone a la violencia no como táctica para resolver una situación,
sino como forma de anularla. Entre la ensoñación y la “vida puerca”, no
solo la violencia extrema. No hay camino intermedio.
Así,
los personajes de Arlt buscan siempre un trastocamiento súbito, fulgurante e
instantáneo de las relaciones entre sí, y de ellos con los objetos. Las
situaciones son extremas y no pueden superarse sin un aniquilamiento que no
responde a opciones ideológicas, sino a una forma de la imaginación.
El
movimiento de la ficción arltiana es del extremista que cree que no hay otro
camino. Ningún personaje de Arlt puede regresar a ninguna parte: el deambular,
la huida, el suicidio son los únicos cambios posibles. Erdosain piensa: “Ojalá
revienten todos y me dejen tranquilo.” Al repetir una frase hecha, “que
revienten todos”, su deseo define una situación de la que solo se puede salir
explosivamente. Erdosain dice “que revienten todos” de manera literaria: el
mundo debe saltar en pedazos. La imaginación no quiere saber nada de
transacciones.
Por
eso, la literatura de Arlt es completamente radical. La violencia es la única
forma política, que a su vez solo se expresa como delirio. El batacazo es la única
forma del cambio de fortuna, la única proximidad con la riqueza que pueden
fantasear los pobres.
En el capitalismo no se consigue, la riqueza no se consigue sino delictivamente o por un golpe de fortuna. Delictivamente, reafirmando con Proudhon la idea de que toda propiedad es un robo. Por un golpe de fortuna, en el camino de los buscadores de tesoros y los inventores que, con una ingenuidad tan extrema como sus deseos, quieren enriquecerse con la producción de objetos imposibles. El fracaso es un desenlace inevitable, conocido desde el comienzo.
Esta
comprobación no suscita en Arlt ningún sentimentalismo. Enfrentado a una
literatura piadosa, como era la de Boedo, Arlt impugna la idea de que el
sufrimiento o la miseria deben representarse como en la tradición populista,
donde prevalecen las emociones. Los miserables de “vida puerca” son
hediondos y mezquinos. No hay idealización del mundo de los humildes. La
sirvienta de Trescientos millones es descripta así en el primer acto: “Mujer
de veinticuatro años. Expresión dura e insolente que de pronto se atempera en
un aniñamiento voluptuoso de ensueño barato. Recuerda a Rina, el Ángel de los
Alpes, o cualquier otra pelandrusca destinada a enternecer el corazón de las
lectoras de Carolina Invernizzio o Pérez Esrich.” Esos nombres de
escritores de folletín sentimental quedan burlados en el comienzo de una obra
que va a torsionar el sentimentalismo desde una fantasía expresionista
alimentada con los fantasmas de héroes como Rocambole.
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“LA
REFUTACIÓN DEL SENTIMENTALISMO ES UNA REFUTACIÓN DE LA MORAL BURGUESA”
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Por
fealdad, por mezquindad, por deformidad psicológica o moral, los personajes
arltianos a veces piden piedad, pero el relato no se permite ese gasto de
sentimientos. Se podría decir que Arlt construye la perspectiva del cínico.
También podría decirse, la perspectiva nihilista de quien denuncia la
violencia enmascarada pero inexorable de una forma social hipócrita. La
refutación del sentimentalismo es una refutación de la moral en la sociedad
burguesa.
Arlt
también limpia de sentimentalistos a la crónica urbana. El barrio no es un
escenario para la literatura pintoresca: Arlt propone una reivindicación de lo
menor que estaría allí como objeto de un romanticismo que, casi desde el
comienzo es nostálgico. Por el contrario, el barrio es el infierno de la pequeña
burguesía, y sus pequeños propietarios grotescos se parecen más a un dibujo
impresionista que a las evocaciones del tango canción. Arlt busca la tensión
exasperada del expresionismo. Esa es su vanguardia probablemente no conocida del
todo.
Por
este lado, no se diferencian solo de algunos escritores del grupo de Boedo, como
Stanchina, Mariani o los González Tuñón. Se diferencia también de Ricardo Güiraldes,
con quien lo unió una amistad, algunos favores y sobre todo la coincidencia de
que, en 1926, se publican la última novela de Güiraldes, Don Segundo Sombra,
y la primera de Arlt, El juguete rabioso. Difícilmente haya dos novelas
tan distintas, separadas por la escritura y la ideología. Una es el
contramodelo de la otra y solo tienen en común que en ellas aparecen los dos
primeros adolescentes de la literatura argentina, no simplemente dos personajes
muy jóvenes, sino una construcción formal y conceptual que se define como
adolescencia: el momento en que se recorre el mundo como espacio de aprendizaje
o como escenario del fracaso de aprendizaje.
Dicho
esto, es claro por qué las dos novelas son tan distintas. Lo que en Don
Segundo Sombra es una especie de éxito total en la transmisión de saberes
criollos, destrezas literarias y estancias en la pampa húmeda recibidas como
herencia, en El juguete rabioso es colapso de la posibilidad de adquirir
ningún bien, material o simbólico, que incorpore a Silvio Astier a ninguna
parte. En Güiraldes, el personaje hace un viaje iniciático por la pampa,
guiado por los baqueanos más expertos y, como una especie de hijo de Ulises, va
recibiendo en cada lugar una prueba de su aceptación, casi sin conflictos. En
Arlt, la ciudad por donde se desplaza Astier está gobernada por la hostilidad y
el rechazo, nadie puede incorporarse exitosamente a nada y la novela termina con
una promesa de viaje que, lejos de ser un aprendizaje futuro, es el anuncio de
una especie de exilio: irse a otra parte porque aquí no hay lugar.
Estas
diferencias también dan la tonalidad emocional de las dos novelas. Güiraldes
expande una poética del sentimiento, desde su famosa dedicatoria a los gauchos
que le sirvieron de modelo hasta su no menos famoso final. Arlt raspa el
sentimiento hasta transformarlo en cinismo, desesperación, cólera o hipocresía.
Esos son los tonos ácidos de El juguete rabioso.
El
amor se representa desde la ambigüedad del engaño que lo acompaña como
sombra. No hay amor inocente, no hay sentimiento que no sea engaño que lo
acompaña como su sombra. No hay amor inocente, no hay sentimiento que no sea
engaño de alguna especie. El sentimentalismo es viscoso. La familia y el
matrimonio son instituciones-trampa; y la mujer misma es la trampa, y toda
entrega sentimental masculina se deshace contra algo que no puede ser sino
disfraz y maniobra.. no existe Flor de María, la muchacha sufrida y
conmovedora de Los misterios de París.
Arlt
no recubre los sentimientos con una capa de discursos sentimentales. O los
exaspera hasta la inverosimilidad o los arranca del romanticismo a través de
motivos que toma de la literatura decadentista: “Ella entorna los ojos. Le
transmite una tal beatitud con la tersa pureza de su frente y el estupor
maravillado de sus pupilas, que Balder experimenta tristeza de no poder morir
aquel instante.”
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“LA
HIPÉRBOLE[1],
UN MODO POR EL CUAL EL ESCRITOR RENUNCIA A LA VEROSIMILITUD” |
Esta
es la gran operación de Arlt con la literatura popular y el folletín con el
que se lo vinculó tantas veces: se distancia de su sentimentalismo por la ironía
o por la exageración donde amor, muerte, sensualidad y pasión se entreveran
siempre.
Conserva,
en cambio, las contraposiciones nítidas. El claroscuro del folletín, una vez
que se ha quemado el sentimentalismo, evoca los contrastes ácidos del
expresionismo. Por eso Arlt es crítico y sobre su obra nunca podría decirse,
como se dijo del folletín, que consuela alimentando el ensueño de los ojos
abiertos. Son los personajes de Arlt los que sueñan imposibles. Jamás les
permite eso a sus lectores. Nada sale consolado de una novela de Arlt. El
extremismo no consuela porque tampoco soluciona imaginariamente.
Nombraré
finalmente, una figura retórica que es extremista: la hipérbole, la figura de
la exageración, un modo del lenguaje por el cual el escritor renuncia a la
verosimilitud para lograr el impacto de una evidencia más allá de todo verosímil.
Por insistencia e intensificación, el primer eslabón de una hipérbole se
encadena en amplificaciones sucesivas. Arlt es hiperbólico: “Erdosain
escucha el estrépito de estos dolores repercutir en las falanges de sus dedos,
en los muñones de sus brazos, en los nudos de sus músculos, en los tibios
recovecos de sus intestinos… Se aprieta las sienes, se las prensa con los puños;
está ubicado en el negro centro del mundo; es el eje doliente carnal de un
dolor que tiene trescientos sesenta grados…”
La
hipérbole es el fortíssimo de la escritura. Presenta la pasión no por
sus contenidos evidentes sino por su forma extrema. La hipérbole también es un
procedimiento peligroso. Puede ser sublime, pero lo sublime moderno corre
siempre el riesgo de su degradación paródica. La escritura de Arlt atraviesa
ese límite constantemente. Ignora el buen gusto. Pasa por encima de lo que las
elites culturales establecen como tono apropiado de la literatura.
Para
la hipérbole, Arlt exhibe y repara una inseguridad radical. Precisamente esa,
evocada tantas veces por él y por sus críticos: la de ser un escritor sin
formación literaria, sin los refinamientos de la elite, alguien que carece de
toda seguridad sobre su origen y que duda de su legitimidad simbólica. La hipérbole
es el procedimiento de la inseguridad: decir más, para que por lo menos algo de
lo dicho sea escuchado.
Cuando
no se confía del todo ni en la capacidad de la escritura para decir, ni en la
posibilidad de que el lector escuche lo que la escritura dice, la hipérbole
subraya el sentido ampliándolo, colocándolo bajo una lente que vuelve todo o
insignificante o grandioso. Es lo contrario de la estrategia de Borges, quien
siempre dice menos, atenúa, acumula negativas, se aleja del énfasis.
La
hipérbole es una señal de clase en la literatura de Arlt. Es la marca del
escritor pobre. Por la exageración y la radicalidad, Arlt busca llenar esa
falta original de la cual habló tantas veces: no tener ni capital en dinero ni
cultural. Su marginalidad no fue institucional, ya que desde muy joven
fue un periodista estrella y un escritor de éxito. Pero, pese a los
reconocimientos, Arlt se sentía un recién llegado de apellido impronunciable.
La
diferencia de clase con Girondo, con Borges, con Güiraldes, se delata en el énfasis
de la escritura arltiana y en el imaginario exasperado de las soluciones
radicales. La incomodidad de Arlt, después de tantas décadas, tiene mucho que
ver con su extremismo. Es difícil normalizar un sistema de explosiones
encadenadas.
© Clarín
[1] DUCROT-TODOROV. “Diccionario Enciclopédico de las Ciencias del Lenguaje”, pág. 319: aumentación cuantitativa de una de las propiedades de un objeto, estado, etc.
Ana Cristina Misenta
Como la cigarra - www.comolacigarra.com.ar